Cómo Uruguay cambió de divisional (y por qué el maíz puede ser el próximo gran protagonista)

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A partir de 2003, y con mucha más claridad desde 2006, Uruguay comenzó a experimentar un cambio estructural en su matriz agropecuaria. La mejora sostenida de los precios internacionales de los commodities agrícolas, sumada al contexto político argentino de aquellos años, generó un momentum que impulsó una expansión sin precedentes de la agricultura nacional.

Con el tiempo quedó claro que no se trataba de un fenómeno coyuntural. Los altibajos de los mercados, las sequías, las guerras o los cambios en la demanda mundial modificaron la velocidad del proceso, pero no su dirección. La agricultura uruguaya cambió de divisional.

Ese cambio puede verse con claridad en las superficies cultivadas. Mientras a comienzos de los años 2000 la soja ocupaba apenas unas 23.000 hectáreas, hoy el nuevo piso productivo se ubica en torno a 1,1 millones de hectáreas. El trigo consolidó un nivel cercano a las 300.000 hectáreas y la cebada alrededor de las 200.000.

No incluyo en ese nuevo equilibrio ni al maíz ni a la colza (incluyendo en este cultivo también a la carinata y la camelina). Ambos continúan transitando un proceso de ajuste. La colza ha alternado campañas superiores a las 300.000 hectáreas con otras cercanas a las 100.000, reflejando una fuerte dependencia de los precios internacionales. El maíz, en cambio, muestra una historia diferente: lleva más de veinte años creciendo prácticamente de forma ininterrumpida y todo indica que superará las 300.000 hectáreas en la presente zafra.

Pero el cambio más importante no fue el aumento del área agrícola.

Cuando uno analiza qué ocurrió dentro de cada cultivo, aparece una transformación mucho más profunda. La incorporación sistemática de tecnología, mejores materiales genéticos, agricultura de precisión, mayor profesionalización y herramientas de gestión permitieron elevar los rendimientos esperados, reducir los riesgos y hacer mucho más predecibles los resultados productivos.

En definitiva, no solo crecieron las hectáreas: también creció la productividad del sistema.

Mientras tanto, otra revolución avanzaba por un camino diferente: la forestación.

Su crecimiento no estuvo impulsado por el boom agrícola sino por una política de Estado iniciada con la Ley Forestal de 1987, que generó las condiciones para el desarrollo de grandes superficies forestadas y, posteriormente, para la instalación de las plantas de celulosa de UPM en Fray Bentos y Paso de los Toros, así como de Montes del Plata en Conchillas. A ello se sumó el desarrollo de la industria de tableros y otros productos derivados de la madera. En paralelo, se desarrolló infraestructura especifica para la logistica de los productos que definitivamente ha cambiado el “paisaje” de nuestro país: puertos, trenes, caminos, carreteras y todos los servicios asociados.

Un aspecto particularmente interesante es que esta expansión se produjo inicialmente sobre suelos de menor aptitud agrícola, transformando profundamente amplias zonas tradicionalmente ganaderas.

El tercer protagonista de esta historia es la carne vacuna.

Si uno observa únicamente la faena, podría concluir que los cambios fueron relativamente moderados. En 2003 Uruguay procesaba alrededor de dos millones de cabezas por año; en el último quinquenio ese promedio ronda los 2,4 millones, un crecimiento cercano al 20 %.

Sin embargo, esa cifra apenas refleja una parte de la transformación.

Mientras la ganadería cedía superficie frente a la agricultura y la forestación —incluyendo muchos de sus mejores campos—, el sector respondió con una fuerte intensificación. Disminuyó la edad de faena, aumentó la productividad y creció significativamente la participación de los sistemas de terminación a corral. Y un hito que parecía un desafio casi imposible hoy es una realidad: el país destetó más de tres millones de terneros, y además lo hizo con una sequía de por medio.

En otras palabras, la ganadería logró producir más con menos superficie y con sistemas mucho más eficientes.

Cuando se observan en conjunto estos tres procesos —agricultura, forestación y ganadería— aparece una conclusión difícil de discutir: Uruguay cambió de divisional.

Ya no hablamos de sectores que crecieron por un ciclo favorable de precios. Hablamos de actividades que incorporaron tecnología, modificaron su escala, profesionalizaron su gestión y redefinieron la forma de producir.

Y, en ese proceso, hay un actor que merece un capítulo aparte.

El maíz.

Durante muchos años fue un cultivo complementario dentro de las rotaciones agrícolas. Hoy comienza a mostrar señales de que puede transformarse en uno de los grandes protagonistas de la próxima etapa del agro uruguayo.

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