La agricultura uruguaya: si no es la más competitiva del mundo, es la segunda…

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Y me animo a discutir ese primer puesto.

Más allá de la broma futbolera, la realidad de los últimos veinte años ha planteado un desafío tras otro para la agricultura uruguaya, y el sector se ha sobrepuesto a cada uno de ellos.

Cuando comienza nuestro período de análisis, el país estaba saliendo de una de las peores —si no la peor— crisis de su historia. A la crisis financiera, provocada en buena medida por el arrastre de las grandes economías regionales —primero Brasil y luego Argentina—, se sumó la imposibilidad de sostener el tipo de cambio. La dependencia del comercio regional era todavía muy grande y, además, la carne concentraba una parte sustancial de las exportaciones. En ese contexto, la llegada de la fiebre aftosa en 2001 terminó de profundizar una situación extremadamente compleja.

La agricultura de secano era entonces muy diferente de la actual. Sin considerar el arroz, cuyo comportamiento merece un análisis específico, Uruguay tenía unas 200.000 hectáreas de trigo, 100.000 de cebada, 200.000 de girasol, apenas 20.000 de soja, 30.000 de maíz y unas 70.000 de sorgo.

Y aquí aparece una paradoja.

Desde el punto de vista del recurso suelo, Uruguay no es precisamente un país privilegiado para la agricultura. Nuestros suelos son relativamente marginales, muy “overos”, con distintos tipos de suelo conviviendo dentro de una misma chacra, poco profundos, pesados y con topografía ondulada. Además, nuestra “maceta” es chica: la capacidad de almacenamiento de agua es limitada y nos hace muy dependientes de un régimen de lluvias parejo y regular para alcanzar los máximos rendimientos.

A eso se sumaron sequías, inundaciones, crisis financieras y problemas de abastecimiento, muchas veces asociados al pequeño tamaño de nuestro mercado. Y también enfermedades y plagas que pusieron a prueba al sector: phomopsis en girasol, chicharrita en maíz, pulgón amarillo en sorgo, roya en soja y fusarium en trigo, entre otras.

Pero basta de efectos negativos.

Porque lo verdaderamente interesante es lo que hizo la agricultura uruguaya frente a todos esos desafíos.

En poco más de dos décadas, el sector multiplicó su escala, transformándose en algunos años en el principal rubro exportador del país y disputando ese lugar con la carne durante buena parte de la última década.

¿Y cómo lo hizo?

No fue solamente aumentando el área. También aumentaron los rendimientos y, sobre todo, cambió la forma de producir.

La creación de un modelo exportador, liderado inicialmente por la soja y, en menor medida, por el trigo, permitió vender anticipadamente la producción y generar mecanismos de prefinanciación que antes prácticamente no existían.

En paralelo, la incorporación de tecnología —biotecnología, genética, riego, maquinaria, manejo y nuevas prácticas productivas— permitió elevar los pisos de rendimiento y reducir los riesgos.

El resultado fue mucho más que una expansión agrícola. Se generó una nueva plataforma productiva que alimentó también otras cadenas: granos transformados en carne y leche, además de un enorme derrame sobre fletes, servicios agrícolas, insumos, profesionales, acopios, puertos y valorización de los recursos productivos.

Por eso, quizás el dato más importante no sea cuánto creció la agricultura, sino cuánto cambió su piso.

Uruguay ya está en otro escalón.

Y lo más significativo es que, esta vez, no llegó hasta allí solamente de la mano de los precios.

Llegó transformándose.

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