Las más de 300 mil hectáreas de maíz a sembrarse este año no son un dato aislado ni una simple marca estadística. Representan la consolidación de un cambio estructural en el sistema productivo uruguayo.
Lo primero, y quizás más importante, es que se trata de un crecimiento genuino, impulsado principalmente por la demanda interna. Durante décadas, Uruguay fue importador neto de maíz para abastecer sectores como la avicultura, la producción porcina y la lechería. Sin embargo, en los últimos años la producción nacional ha ido ocupando ese espacio y reduciendo la dependencia de las importaciones.
Cuando en las zafras 2018/19 se superaron las 150 mil hectáreas, existían dudas sobre la sostenibilidad de ese crecimiento. No era la primera vez que el área alcanzaba niveles elevados. En 2012/13 se habían registrado 178 mil hectáreas, aunque posteriormente la superficie retrocedió y permaneció durante varios años en torno a las 150 mil.
Esta vez el escenario fue diferente. En 2020 se superaron las 200 mil hectáreas y en 2023 las 250 mil. Desde entonces, incluso con la incidencia de eventos climáticos adversos, el área sembrada se mantuvo muy cerca de las 300 mil hectáreas hasta alcanzar finalmente ese volumen histórico.
El crecimiento tampoco puede explicarse únicamente por una mayor producción de granos. Detrás de esta expansión existe una transformación profunda en la forma de producir carne. El aumento de los sistemas de encierre y la generalización de la terminación a grano, generaron una demanda creciente de maíz.
La intensificación productiva también alcanzó otras etapas de la cadena ganadera. El uso más extendido del destete precoz y las mejoras nutricionales durante la recría incrementaron la utilización de granos, fortaleciendo aún más el mercado interno.
Durante mucho tiempo se asumió que, una vez cubierta la demanda local, Uruguay comenzaría a exportar maíz en forma significativa. Sin embargo, los hechos parecen indicar que el país encontró una estrategia diferente.
Uruguay no está exportando maíz; está exportando carne.
El grano se transforma dentro del sistema productivo y agrega valor antes de llegar a los mercados internacionales. Esa integración permite que el crecimiento agrícola impulse simultáneamente a la ganadería y contribuya a mejorar el desempeño general del sector agropecuario.
Las proyecciones recientes para la producción de carne refuerzan esta visión, con expectativas de aumento tanto en la cantidad de terneros destetados como en el volumen de carne producido. A su vez, la expansión de la demanda forrajera beneficia a otros cultivos agrícolas, como la cebada y el trigo, que encuentran nuevos mercados para parte de su producción.
En síntesis, el maíz logró consolidar un esquema de crecimiento sostenido apoyado en fundamentos productivos sólidos. En menos de una década, el área sembrada prácticamente se duplicó y los rendimientos continuaron mejorando.

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